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Protección a la Infancia: Deudas pendientes Imprimir E-mail

carolina salinasEl comienzo de siglo nos ha exigido un paso más apurado en el reconocimiento y garantías de los derechos de la niñez, pero al mismo tiempo ha visto impotente cómo permanecen condiciones estructurales para que las vulneraciones persistan. Algunas son evidentes, como las guerras o la pobreza, otras más ocultas como la falta de real decisión política o la paralización de las instituciones para solucionar un problema complejo que por ser justamente, tan complejo, se evita abordar.

 

 

 Por Carolina Salinas miembro del Comité Ejecutivo e Investigadora del Centro UC de la Familia

Y así, nos movemos bipolarmente entre destellos de sorpresa y afectación por noticias que nos impactan como la muerte de la pequeña Lissette Villa o la foto del niño sirio Omran Daqneesh; y profunda desazón porque el país y el mundo parecen no hacer nada para que esto cambie.

Analicemos esto, sin duda la imagen de un solo niño nos afecta más que la de miles de adultos, al parecer hay un instinto protector hacia los niños que surge como natural. El valor de los niños, su calidad de vida y la lucha por sus derechos son uno de los tesoros más valiosos del mundo moderno. Pero aunque nos resulte extraño, el valor social de los niños ha cambiado mucho en la historia.

Estudios dan cuenta que hace un par de siglos, en general, la muerte de un bebé o un niño pequeño era un evento menor, una mezcla de indiferencia y resignación, es sólo a fines del siglo XIX cuando los niños comenzaron a tener un valor social. Ese proceso se puede observar, por ejemplo, en la evolución de la legislación sobre trabajo infantil. En un comienzo sólo se legislaba para no hacerlo tan gravoso para ellos y limitarlo en edad. Es decir, hace pocos años en nuestros países el trabajo infantil era algo normalizado. Hoy, la imagen de niños cosiendo en fábricas del sudeste asiático nos horroriza tanto como las imágenes de los niños en la guerra de Siria.

Es probable que el desarrollo económico hiciera crecer los sueldos y la necesidad de trabajadores cualificados exigió contar con otro perfil de empleados y prescindir de los niños. Asimismo, los avances de la medicina hicieron que nos acostumbráramos a un mundo en el que los niños no tenían que morir. Un mundo en el que los niños tenían un futuro que había que respetar y garantizar.

Por otra parte, hoy entendemos que los padres tienen una 'predisposición natural' a querer, cuidar y valorar a sus hijos; y el derecho fija el marco mínimo de deberes que estos deben cumplir, estableciendo además los remedios necesarios para enfrentar las situaciones familiares en que los padres no cumplen con esos mínimos.

Paradojalmente, en una sociedad donde la comprensión del valor de la vida de un niño pareciera por fin internalizada, se convierte en la esfera de lo público en un dolor de cabeza. Pareciera que alcanzado un cierto estándar el Estado descansó y decidió que ya no era prioridad, hasta que las evidencias le demostraron que actualmente el mayor vulnerador de derechos de los niños no son las familias sino el mismo Estado.

¿Cómo vulnera el Estado? Retrasando una puesta en marcha de una nueva institucionalidad que exige de buenos proyectos de ley con las urgencias respectivas; teniendo año a año un presupuesto que aparte de estar mal distribuido es mal ejecutado; careciendo de seguimiento y métricas que permitan evaluar la gestión de planes y programas; olvidando en definitiva, que todo lo que el Estado deja de hacer o hace mediocremente tiene un impacto en la vida de esos pequeños que necesitan ser reparados de la vulneración sufrida, que merecen que a sus familias se le ayude para darles una segunda oportunidad, y que esperan que el futuro de colores del que todos hablan sea también para ellos.

Por Carolina Salinas miembro del Comité Ejecutivo e Investigadora del Centro UC de la Familia

 

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